El Arroyo y el Desierto

Llevan semanas actualizando el CV, aplicando a cargos parecidos al anterior, moviéndose rápido. Hacen lo mismo que siempre hicieron, con más fuerza, y cada intento se absorbe sin dejar rastro. El vacío sigue ahí.

Hay un cuento sufí del Magreb que habla exactamente de eso. Lo comparto completo:

El cuento de las arenas

Un arroyo descendió desde el manantial donde había nacido en las montañas, atravesando bosques y quebradas, adentrándose en valles henchidos de frutales, dando de beber a árboles y plantas, humanos y animales. Sentía que su destino era apagar la sed y nutrir la vida de todos los seres con los que se cruzaba en su camino, y aquella sensación le proporcionaba un hondo sentido de satisfacción y plenitud.

Pero, un día, de pronto, el árido valle por el que discurría plácido se convirtió en un desierto, y sus aguas se estancaron y desaparecieron en las arenas.

Obstinado en proseguir su camino y cumplir con su destino, el arroyo lanzó sus aguas una y otra vez contra las arenas, empeñado en cruzar el desierto a toda costa. En el desierto, casi no había seres a los que apagar la sed y nutrir de vida, y aquello lo condenaba a una vida no sólo aburrida, sino carente de sentido. Pero, por mucho que lo intentara, sus aguas desaparecían casi de inmediato en las doradas arenas como por efecto de un hechizo.

Finalmente, escuchó una voz en su interior que le decía: «El viento cruza el desierto».

No supo si aquella voz, surgida de su interior, era la voz del propio desierto o la voz de su propio espíritu. Pero, sin darle tiempo a discernirlo, la voz volvió a hablar: «Si te empeñas en cruzar el desierto como cruzas las quebradas y los valles, tus aguas desaparecerán una y otra vez en las arenas, o bien te convertirás en una ciénaga».

«¡No, eso nunca!», pensó el arroyo, al que la idea de la inmovilidad y la de no poder ofrecer agua pura y cristalina a todos los seres le espantaba.

«Tendrás que abandonar tus viejas maneras de hacer, ver y entender las cosas para poder cruzar –prosiguió la voz–. Tendrás que hacerte uno con el viento para poder cruzar las arenas.»

«Pero, ¿cómo me hago uno con el viento?», preguntó el arroyo.

«Dejando que el viento te absorba», respondió serenamente la voz en su interior.

Aquello no le gustó al arroyo. Nunca antes había sido absorbido por nada, y temía perder su identidad. En realidad, su identidad –y su destino, que formaba parte de su identidad– era todo cuanto tenía en la vida.

«Pero, si el viento me absorbe, ¡dejaré de ser yo!», protestó el arroyo.

«Bueno… –dijo la voz condescendiendo– dejarás de ser el tú que eres ahora, pero ése no es tu verdadero tú. Tu verdadero tú es tu esencia, no tu forma. Cuando el viento te absorba, tu forma cambiará, pero tu esencia seguirá siendo la misma. No serás un arroyo, pero seguirás siendo agua, invisible, pero agua al fin y al cabo. Y, después, cuando el viento haya cruzado el desierto, lloverás desde el cielo y volverás a convertirte en un arroyo… o quizás en un río grande y caudaloso.»

Y el arroyo sintió en algún lugar de su interior que alguna vez había sido agua invisible, y pensó que, dadas las circunstancias, tendría que elegir entre eso o convertirse en una ciénaga. De modo que, buscando refugio en el regazo del sol, se dejó mecer por su calor hasta que, de pronto, sintió que estaba volando.

Y el viento le llevó en sus brazos hasta más allá de las arenas del desierto, hasta las montañas azules que había visto en la lejanía desde el árido valle. Y sintió de pronto que volvía a recobrar su aspecto líquido y cristalino, y se abandonó en una plácida y prolongada caída hasta alcanzar las quebradas, para recobrar su anterior forma de arroyo, en busca de nuevos horizontes y nuevos seres a los que apagar su sed y nutrir de vida. Pero, ahora, ya sabía cuál era su verdadera esencia y su identidad.

Mientras tanto, en la lejanía, el viento arrastraba las arenas del desierto y, en su rozadura con el suelo y entre ellas, las arenas cantaban entre murmullos: «Es nuestro destino dar a conocer su verdadera esencia e identidad a todo ser».

Es por ello que, entre los derviches, se dice que el modo en que el Río de la Vida vaya a continuar su viaje está escrito en las arenas.

— Cuento sufí magrebí, Túnez

Lo que reconozco ahí

La directora que resolvía todo, el líder que sostenía al equipo, la consultora que siempre tenía respuesta. Esa versión funcionó durante años, te dio sentido, pertenencia y un lugar. Hasta que dejó de funcionar. Puede ser un despido, un agotamiento que ya no se recupera con vacaciones, o simplemente la certeza de que lo que hacías ya no te representa. El desierto.

Y ahí es cuando hacemos lo que sabemos hacer: actualizar el CV, buscar un cargo parecido, movernos rápido. Cada intento se absorbe sin dejar rastro. Conozco personas que llevan años así, sosteniendo una forma que ya no tiene vida adentro. Eso es la ciénaga.

Durante años confundiste lo que eres con lo que haces. Tu cargo, tu función, tu manera de operar se volvieron indistinguibles de tu identidad. Soltar eso se siente como dejar de existir.

Lo que el cuento no cuenta

El cuento no dice cuánto tiempo dura el vuelo. No dice que mientras eres vapor — invisible, sin forma — hay días en que sientes que te disolviste para nada. No dice que la gente te pregunta «¿y entonces qué vas a hacer?» con una urgencia que amplifica tu propia angustia. No dice que hay mañanas en que te levantas con un vacío en el estómago y la certeza de que cometiste un error.

Eso lo dicen las personas que acompaño. Si intentas cruzar el desierto como cruzabas los valles, tus aguas van a desaparecer en la arena. O te vas a convertir en ciénaga.

La transición pide soltar la forma, quedarte sin saber qué sigue, confiar en que lo que eres sobrevive al cruce. Ese periodo de vapor — ya no eres lo que eras, todavía no eres lo que serás — es lo que en terapia Gestalt llamamos vacío fértil. Desde afuera parece que no pasa nada. Desde adentro, todo se está reorganizando.

Lo que está en juego

Si sigues lanzando tus aguas contra la arena, te vas a agotar. Si te quedas paralizado esperando que algo cambie solo, te vas a convertir en ciénaga. Ninguna de las dos opciones te lleva al otro lado.

Lo que el cuento propone es soltar la forma para conservar la esencia. Dejarte llevar por algo que no controlas, sin garantía de cómo vas a aterrizar. Eso requiere una confianza que no se construye con lógica y que la mayoría de las personas en transición no tienen al principio. Se construye en el camino, cuando empiezas a descubrir que sigues siendo tú aunque ya no tengas el cargo, el título o la función que te definía.

El arroyo que llega al otro lado del desierto no es el mismo que salió del manantial, pero sigue siendo agua.

El hilo con Fátima

Hay otro cuento sufí que funciona como complemento de este. Fátima cuenta la historia de una mujer que pierde todo varias veces, y en cada pérdida aprende un oficio que no sabe para qué sirve, hasta que llega a un lugar donde es la única persona capaz de construir lo que se necesita. Si el arroyo enseña lo que se siente soltar la forma, Fátima enseña lo que se descubre con el tiempo: que nada de lo que viviste se perdió. Lo exploré en este post.

¿Qué forma estás sosteniendo que ya no tiene agua adentro?

Si estás en el desierto y quieres cruzarlo sin convertirte en ciénaga, El Puente es un programa individual de tres meses para habitar tu transición y salir con claridad sobre quién eres más allá de la forma.

Carolina

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