En marzo de 2026, dos investigadores de UPenn y Boston University publicaron un paper que le puso matemáticas a los despidos masivos por IA, prediciendo que van a destruir la demanda que sostiene a las mismas empresas que despiden. Lo llamaron «The AI Layoff Trap,» y demostraron que es un dilema del prisionero donde la decisión racional de cada empresa produce un resultado colectivo desastroso. Todos automatizan, todos despiden, todos pierden.
El paper es riguroso. Modela equilibrios de Nash, externalidades de demanda, y prueba que ni el UBI, ni los impuestos al capital, ni el upskilling, ni la participación accionaria de los empleados resuelven la trampa. Solo un impuesto pigouviano a la automatización podría funcionar.
Todo eso a nivel de sistema. Pero yo trabajo con las personas que aparecen en esas cifras como puntos de datos, y lo que veo en consulta es otra trampa que ningún modelo económico captura.
Lo que pasa del otro lado de la cifra
100K+ despidos en tech en 2025. Detrás de cada uno hay una persona que el martes tenía un equipo, un título, una rutina, una forma de presentarse al mundo. El miércoles tiene un correo de recursos humanos, una liquidación conforme a la ley, y acceso por 90 días a una app de mindfulness.
Lo que esa persona siente en el cuerpo es desorientación. El cargo no era solo un trabajo; era la estructura que organizaba su identidad, sus relaciones, su autoestima, su lugar en el mundo. Cuando eso desaparece, queda alguien que no sabe cómo presentarse, que no sabe qué quiere, que siente un vacío que no se llena actualizando un CV.
La respuesta del mercado
La respuesta que reciben del entorno es: actualiza tu LinkedIn, haz un curso de IA, reinvéntate, sé más empleable. Como si lo que se perdió fuera un skill set y no una forma de estar en el mundo.
En consulta veo a alguien que acepta la primera oferta que aparece a las tres semanas de un despido, solo para dejar de sentir el vacío. O arma un emprendimiento desde la urgencia de «hacer algo» y lo cierra un año después porque lo construyó desde el miedo. O hace tres movimientos laterales en dos años y sigue con el mismo nudo en el estómago porque lo que cambió fue el escenario, no la persona que toma las decisiones.
La velocidad con la que se mueven es proporcional al miedo que tienen de quedarse quietos. Quedarse quieto significa sentir lo que hay debajo del cargo: ¿quién soy sin esto? ¿qué quiero realmente? ¿cuánto de lo que construí fue mío?
La trampa individual
El paper de Falk y Tsoukalas describe una trampa a nivel de sistema: las empresas no pueden dejar de automatizar porque su competidor lo hará primero. A nivel individual opera algo parecido: la persona no puede dejar de moverse porque el mercado, el entorno y su propia ansiedad le dicen que parar es quedarse atrás.
Herminia Ibarra, en su investigación sobre transiciones profesionales, encontró que las personas que hacen movimientos rápidos después de una pérdida de cargo tienden a repetir lo mismo en otro lugar. Las que se permiten un período de exploración, aunque sea incómodo, terminan en lugares más alineados con quienes son hoy.
El problema es que nadie te da permiso para ese período. Y sin ese espacio, la trampa se perpetúa: te mueves rápido, repites, te frustras, te mueves de nuevo.
Lo que la transición realmente pide
Lo que estas personas necesitan es un espacio donde puedan detenerse el tiempo suficiente para distinguir qué parte de su carrera fue suya y qué parte fue inercia, obligación o lealtad a algo que ya no existe. Reconstruir una narrativa de identidad que no dependa del cargo, y desde ahí, tomar decisiones que vengan de ellos.
Escribí sobre esto en La Crisis que la IA No Puede Resolver y en El Salto que la IA te Está Obligando a Dar. Este post es la tercera pieza: lo que pasa cuando la trampa económica se convierte en trampa personal.
Si algo de esto te suena
Sé cómo se siente. Yo estuve ahí: con un negocio que ya no tenía vida adentro, levantándome por deber, moviéndome rápido para no sentir. Y lo que me sacó de esa trampa no fue un plan nuevo ni un cambio de escenario. Fue detenerme, ir adentro, y hacer el trabajo que nadie me iba a resolver con una oferta laboral.
Hoy acompaño a personas que están en ese momento. Si te despidieron y llevas semanas en piloto automático, o si todavía estás en tu cargo pero sientes que la reestructuración viene y algo en el cuerpo ya lo sabe, quizás lo que necesitas no es moverte más rápido. Quizás es parar lo suficiente para que la próxima decisión sea tuya.
Para eso diseñé El Puente: un programa individual de tres meses. Distinguir lo heredado de lo elegido, reconstruir una narrativa de identidad propia, y salir con un mapa concreto para los próximos 12 meses.
Carolina
Lecturas recomendadas
- Falk, B. H. & Tsoukalas, G. (2026). The AI Layoff Trap. Modelo de teoría de juegos que demuestra cómo la automatización competitiva destruye la demanda agregada. Solo un impuesto pigouviano puede resolver la trampa. arXiv
- Ibarra, H. (2003). Working Identity: Unconventional Strategies for Reinventing Your Career. La identidad se construye a través de la experimentación, no de la introspección sola. Los movimientos rápidos post-despido tienden a repetir patrones. Amazon
- Cruz Hoyos, C. (2024). Heredera Universal. Exploración personal de lealtades invisibles y mandatos heredados. Amazon