El Dinero del Diablo

En el Valle del Cauca colombiano, en los años 70, los cortadores de caña que trabajaban en las grandes plantaciones tenían una creencia. El que cortaba más caña que todos los demás había hecho un pacto con el diablo. Sus compañeros le decían entre bromas, «Cómo te fue hoy con los muñecos.» Y todos entendían lo que eso significaba.

El dinero que ese hombre ganaba era mucho, pero tenía una condición extraña. No servía para nada de lo que realmente importa. No podía comprar tierra porque la tierra se volvía estéril. No podía comprar ganado porque los animales se secaban y morían. Solo servía para gastar en cosas que se consumen rápido y desaparecen rápido. Ropa fina, licor, mantequilla. Y quien hacía el pacto iba a morir joven.

Un antropólogo australiano llamado Michael Taussig escuchó esa historia en una cocina, entre mujeres que cocinaban y terminaban la comida del día, y se le quedó adentro durante décadas. Tanto que le dedicó un libro entero, El Diablo y el Fetichismo de la Mercancía en Sudamérica (1980).

El diablo solo aparecía en la plantación

El pacto con el diablo era exclusivo de los hombres que vendían su fuerza de trabajo en las grandes plantaciones de caña. No aparecía entre los campesinos que cultivaban su propia parcela, aunque fueran pobres. Tampoco entre las mujeres que trabajaban en las plantaciones, ni entre los jornaleros que trabajaban para otros campesinos.

¿Por qué?

Porque los campesinos que trabajaban su tierra vivían en un ciclo distinto. El cacao, el café, el plátano y los árboles frutales crecían juntos dándose sombra entre ellos. El suelo se regeneraba con las hojas que caían. La cosecha alimentaba a la familia, los animales y las siguientes siembras. Si sobraba algo, se vendía. El dinero existía, pero ocupaba un lugar secundario. Lo importante era que el trabajo regresara convertido en alimento, en semillas, en vida. Lo que hacías se quedaba, crecía, se acumulaba como algo tuyo.

En la plantación todo era diferente. La caña de azúcar no se come. Se corta, se pesa, se paga. El trabajador no controla la tierra, ni las herramientas, ni el ritmo. Sigue las órdenes de un capataz. Su cuerpo se convierte en instrumento. Los cortadores de caña envejecen rápido, adelgazan, se enferman. «La caña nos degenera», decían los campesinos en los volantes que repartían durante las ocupaciones de tierras. «Nos convierte en bestias y nos mata.»

El dinero del diablo era estéril porque no producía futuro para quien lo ganaba. Producía riqueza para el dueño de la plantación.

Qué tiene que ver esto contigo

Veo personas con 15, 20, 25 años de carrera. Buenos sueldos. Buena vida, en apariencia. Pero cuando llegan a consulta con esa opresión en el pecho que les cuesta explicar, lo que empieza a aparecer es algo parecido al dinero del diablo: trabajaron mucho, ganaron bien, y sin embargo nada de lo que construyeron les pertenece. Muchos, además, descubren que la carrera que ejecutaron durante décadas fue el plan de alguien más, un mandato heredado que ni siquiera eligieron conscientemente.

El sueldo se fue en sostener un estilo de vida. Los proyectos, los clientes, las relaciones, el posicionamiento que desarrollaron durante dos décadas se quedaron en la empresa para la que trabajaron. El día que se fueron, se fueron con las manos vacías. Con plata en el banco, quizás. Pero sin nada que pudieran llamar propio. Sin un pedazo de tierra donde lo que siembren crezca para ellos.

Y lo que pasa después es que muchos empiezan a sentir algo que no saben cómo explicar. La sensación de que el dinero que ganan no alcanza para reconstruir la vida que quieren. No porque sea poco; porque no acumula nada. Se gasta en sostener el mismo ciclo que ya no quieren seguir sosteniendo. Un departamento, un colegio, un auto, unas vacaciones. Y vuelta a empezar.

Eso era exactamente lo que decían los campesinos del Valle del Cauca. El dinero del pacto con el diablo solo servía para comprar cosas que se consumen y desaparecen. Sostenía un ritmo, pero no construía nada.

La diferencia entre vender tu tiempo y trabajar tu propia tierra

Taussig encontró que la distinción crucial estaba ahí. Los campesinos que trabajaban su parcela, aunque ganaran menos dinero, nunca hablaban del diablo. Nunca. Porque su trabajo tenía un ciclo completo. Plantabas, cuidabas, cosechabas, comías, compartías. Lo que ponías volvía a ti transformado en algo vivo. No había separación entre la persona y lo que producía.

En la plantación, esa conexión se rompía. Trabajabas para otro. Lo que producías no te alimentaba. Tu esfuerzo se convertía en un número en la balanza del capataz, y de ahí en un número en tu bolsillo, y de ahí se iba.

Si te has sentido alguna vez así con tu carrera, con tu sueldo, con esa sensación de que trabajas mucho pero nada se queda, no estás loco. Los campesinos colombianos de los años 70 inventaron una mitología entera para describir eso mismo. Y lo llamaron el diablo.

El miedo de la parcela

Ahora, la pregunta real. ¿Cómo se ve trabajar tu propia tierra hoy?

Y aquí es donde la metáfora se complica, porque esto no significa que todo el mundo debería renunciar y emprender. Muchas personas salen corriendo de un empleo que ya no sienten suyo, montan algo propio, y lo que montan termina siendo una réplica del mismo sistema. Un negocio donde trabajan más horas, ganan menos, y siguen sin sentir que lo que hacen les pertenece. No basta con cambiar de lugar. Lo que cambia la experiencia es la relación con lo que haces.

Trabajar tu propia tierra significa que lo que produces se queda contigo de alguna forma. Que la experiencia que acumulas te pertenece. Que el conocimiento que desarrollas no se evapora cuando cambias de empleo. Que hay algo que crece cada vez que le dedicas tiempo, ya sea dentro de una empresa, en un proyecto propio, o en una práctica que estás construyendo.

La parcela puede estar dentro de una empresa, en una consultoría, en una práctica independiente, en un proyecto que empezaste en paralelo. Lo que la define es que tu trabajo tenga un ciclo completo. Algo que pones, algo que crece, algo que vuelve a ti.

El miedo de ese lugar es legítimo, porque implica empezar sin saber qué va a crecer ahí. Los campesinos que trabajaban su parcela no tenían certeza de la cosecha. Pero tenían algo que los cortadores de caña no tenían: la posibilidad de que lo que hicieran hoy estuviera vivo mañana.

El diablo como forma de recordar

El diablo no era una superstición ni un rezago de ignorancia. Era la forma que encontró esa comunidad para decir algo que sabían que estaba mal, aunque no tuvieran las palabras académicas para describirlo. Una forma de denunciar que la transformación de la vida en mercancía tiene un costo. Y que ese costo, aunque invisible en las métricas, lo paga el cuerpo.

Cuando Taussig volvió a la región en 2009, las plantaciones habían arrasado con todo. Las parcelas campesinas que antes eran pequeñas islas de selva entre los cañaverales habían desaparecido. La historia del diablo persistía, pero con otros nombres.

Y la pregunta que los campesinos le hicieron a Taussig en 1970 sigue vigente: ¿cómo se vive cuando el trabajo se convierte en mercancía? ¿Cómo se construye un futuro cuando el dinero que ganas no puede comprar tierra ni vida?

Si llevas tiempo con la sensación de que lo que construyes no te pertenece, de que tu esfuerzo se va a sostener algo que ya no se siente tuyo, quizás no necesitas un plan de carrera nuevo. Quizás lo que necesitas es encontrar tu parcela. El lugar donde lo que hagas se quede, crezca y vuelva a ti. Aunque sea pequeño. Aunque dé miedo. Aunque al principio no sepas qué va a crecer ahí.

Si estás en ese punto de transición donde el salario ya no alcanza para explicar por qué sigues donde estás, y la pregunta de fondo es quién eres cuando no estás ejecutando el plan de alguien más, El Puente es un programa individual de tres meses donde trabajamos exactamente eso: encontrar qué es genuinamente tuyo y construir desde ahí. Más información aquí.

Carolina Cruz

Lecturas recomendadas

  • Taussig, M. (1980). The Devil and Commodity Fetishism in South America. University of North Carolina Press. Estudio etnográfico sobre cómo los campesinos proletarizados del Valle del Cauca y los mineros bolivianos usaron la figura del diablo para criticar la transformación del trabajo en mercancía. Archive.org

 

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